Lentamente mis pupilas reciben los rayos del sol, en un parsimonioso y lento avance que lo va cubriendo todo, mi mente despierta poco a poco y se deambula por la habitación, donde las paredes hechas de corteza de la palmera pona, me descubre el mundo donde me encuentro. Mi mosquitero es de un color albo que mi madre se esmera en mantener, lo que siempre le ha significado lavar a mano asentando el agua turbia del Río Puinahua ( una bifurcación del Río Ucayali en la mitad de su extenso recorrido), que millones de partículas de esta amada tierra tiene. El color blanco se contrapone con el hoyo pequeño pero presente que veo en una de las esquinas del mosquitero que nos sirve como protección contra la picadura de los zancudos por la noche. me siento con las piernas cruzadas, mientras mi hermano menor también se mueve con la modorra de un nuevo día.
Afuera los paucares que se van a comer del árbol de zapote, tienen la algarabía del grupo que en medio de tanta abundancia no les cuesta saciar el hambre. Por medio de la tela como tul, me fijo que ya mi padre se ha levantado y agarra su hacha para ir a cortar el árbol seco y así conseguir la leña para el desayuno.
El día está un poco nublado, pero clarísimo como agua de manantial de rocas... la hierba detrás de la casa está cubierta con una pintura blanquecina, que no es otro que el suave rocío que se posa sobre ella. Aquella que me gusta patear con mis zapatos lo que siempre me cuesta una reprimenda...Cerca está la hora para ir a la escuela, donde según lo que recuerdo me gustaba ir a descubrir el sistema para poder entender el mundo...la lectura y la escritura. Tenía que hacer todo rápido..ir a ver mi uniforme, ir al puerto en el río para lavarme la cara, esperar a que el "pango" esté listo para desayunar y mirar ansiadamente si el pan estaba en la cocina para comérmelo luego.
... y afuera en el ancho mundo era el año 1968.

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