lunes, 10 de abril de 2017

Primera vez frente al fuego y la cocina.

La abuela sentada en su forma clásica, de cuclillas sobre el emponado, donde se levantaba la cocina, escogía unos granos de arroz, de esos que se salvan al ser pilados para sacarles la cascarilla, con esas manos mil veces envejecidas con el duro trabajo, de un color elegante oscuro pero con una plasticidad que rallaba en la asertividad; mientras sobre los tizones ardientes y los bloques de arcilla que servían de soporte a la vieja parrilla hacían un conjunto armonioso al producir fuego que se elevaba con unas lenguas saboreando el viento y el oxígeno del ambiente....todo coronado con una olla que uno empezaba a adivinar su vida útil y se preguntaba cómo seguía sirviendo si estaba cubierta con una espesa capa de carbón petrificado en toda su superficie exterior...Entonces la abuela de quien resaltaba su larga y trensada cabellera gris...adelantándose a su ocaso...se paraba al terminar de escoger y sacar todas las semillas enteras y las ponía en una botella de aceite "Capri" que tenía en medio de las hojas de irapay que conformaban el techo de la cocina...La botella aún conservaba su tapa azul-negra original, donde más abajo en el cuello tenía un lazo con una soga de algodón trensado como su cabello...que terminaba en una oreja por donde se le colgaba a un seco gancho de rama de limón.... terminada esa tarea, sacaba de sobre la pequeña mesa la manteca de boquichico que también estaba en unas botellas del mencionado aceite...un poco de aquí y un poco de acá..y lo ponía dentro de la vieja olla con un poco de sal que estaba en un tarro de metal....veías sus manos y por alguna razón no la puedo olvidar...será por el brillo que le daba la manteca de pescado o por las blancas palmas que se resaltaban sobre su dorso moreno? no lo puedo recordar y se pierde en el génesis de mis pensamientos...me gustaba mirar su cabello...que caía sobre sus anchas espaldas hasta casi la cintura...mientras la veía trabajar haciendo el almuerzo...a esas alturas el fuego de los tizones de madera capirona daban todo de si y empezaban a hacer carbón...que era  separado cuidadosamente para hacer una manta de brasas encendidas y poner sobre eso la olla de arroseco que faltaba para estar a punto de su cocimiento y saber como una de las pocas delicias que recuerdo de mi niñez.....Ser servido en aquellos platos de fierro enlozado, con esas porciones justas para un niño en crecimiento...era lo más cerca que he estado de ser un sibarita de hecho....con esos sabores crocantes y esos olores a chacra, a río, a humedad y al mismo tiempo a sol que se desparramaba sobre todos nosotros en aquellos medíos días de nuestras selvas....solo de escribir estas palabras el sabor vuelve con toda su intensidad a mi cerebelo y me alienta a continuar
con esta simple vida, frugal y ordinaria.....



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